Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.

Por ejemplo:

Epú, bicú, mucú, picú, tanqué, locó, painé, bucó, , rotó, clá, aimé, purrá, cuerró, tucá, claó, tremen, leuquen, pichun, mincun, bitooooooon.

Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección prolongada, hasta donde el aliento lo permite.

Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras bien hilvanadas, quisieran decir:

Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo, con todos sus jefes y oficiales?

Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea una razón.

Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar vuelta la frase de todos lados.

El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros; sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.

De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como el maestro de gramática de Molière, que instado por el Bourgeois gentil-homme, le escribió á una dama este billete: «Madame, vos vells yeux me font mourir d'amour». Y no quedando satisfecho el interesado: «Vos vells yeux, madame, me font mourir d'amour». Y no gustándole esto: «D'amour, madame, vos vells yeux me font mourir». Y no queriendo lo último: «Me font mourir d'amour, vos vells yeux, madame».—Con lo cual el Bourgeois se dió por satisfecho.