La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba de la palabra final.
Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios, por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez.
Esa última sílaba prolongada, no es una mera floritura oratoria. Hace en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar la cabeza y en clavar la vista en el suelo.
Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota musical, la sílaba que remata el discurso.
Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de cabeza.
Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las dotes de los que han sostenido el diálogo.
La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta.
No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin.
Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables, infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.
Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos, de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas tribus.