Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito completo al valor y á la espada.

Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano.

Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco. ¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.

Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida. Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá, pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal, aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y así dicen, no como los cristianos:—Yo conozco una laguna, una hierba, una senda que nadie conoce; sino:—Yo tengo una laguna, y una hierba, una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha andado.

Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo, me falta decir lo que es la conversación en junta.

Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de extremos. Será malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una desgracia ser en extremo hermosa?

¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones!

Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho.

Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda.

El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu.