Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos refugiados en Tierra Adentro—siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.

Ambos han pertenecido á la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de San Ignacio, llevando un puñado de soldados.

Muy mal me habían hablado de estos dos hombres.

Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristiano debía mirarlo como una garantía.

Dígase lo que se quiera—la cabra siempre tira al monte.

Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil á los que juzguen á los hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.

Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo, me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres simpáticos, atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más crudo.

El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene una larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro, como azabache.

El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.

Hilarión es una especie gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme á la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.