Para esto el Juez dió en visitar á mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con Regina, porque su padre fué quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mío.
Desde el día en que mi padre salió de la prisión—esa noche me casé yo,—ya no hubo paz en mi casa.
El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.
Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el Juez, por su libertad; creía que todavía andaba.
¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!
Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.
Mi padre lo era mucho.
—¿Y á ti cómo te iba con la Regina?—le pregunté al llegar á esta altura del relato.
—Como el diablo—me contestó.
—Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba—agregué.