¿Ó no existe, ó no es verdad?

¿Ó no hay belleza plástica—rasgos, líneas, formas humanas perfectas?

¿Ó no hay belleza aérea—accidentes, fenómenos fugitivos, perfección moral?

Miguelito me había cautivado.

Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer algo útil, grande ó bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra esfera de acción.

Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus recuerdos se disipó le dije:

—Continúa, hijo, la historia de tu vida me interesa.

Miguelito continuó:

—Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente pobres, y yo había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme á vivir con la familia de Regina.

Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.