—Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia[1] á andar como mi padre y mi madre.
Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.
Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre dándole la razón á la hija.
Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro, calavera, pobretón.
Me daba rabia y no volvía en muchos días, me lo llevaba comadreando por ahí, y era peor.
Así es el mundo.
De yapa cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.
Me daba rabia y poco á poco le iba perdiendo el cariño.
Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, á escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.