Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de Sócrates?
¿En qué se parece Orión á Roqueplán? este Orión, de quien sacando una frase de mi vademécum,—ajena por supuesto,—puede decirse que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti, menos... iba á decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es traer las cosas por los cabellos.
Sí, Orión amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,—«la fuerza de la serpiente y la prudencia del león»,—como diría un Bourgeois gentil-homme, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entiende.
Ek te biblion kubernetes.