En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre la manera de hacer las faenas de campo, sobre el modo de amansar debidamente un potro, aprendiendo á regentar un establecimiento en forma, tratados unas veces á rebencazos, sin haber faltado en nada, atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario como uno de tantos trabajadores—hasta que el amor de la familia, el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad, despertaron en ellos la idea de la fuga, á costa de cualquier riesgo.

Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos no querían acercarse á las estancias á preguntar dónde quedaba el Bragado, pueblito que conocían por haber andado maloqueando por allí, siendo muchachos.

Notada en el «Pino» su desaparición, fueron perseguidos, según supieron después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron.

En el puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron diciendo que habían venido á comercio y que se volvían para Tierra Adentro. Llegaron á la Federación, hoy Junín, después de haber andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar, mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar ideada para escapar á la persecución, se concibe que surtiera efecto.

Ésta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de:

«Y si lector dijeres ser comento,
Como me lo contaron te lo cuento.»

Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; habla de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe á él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó á enlazar, á pialar y á bolear á lo gaucho.

Que á más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano, lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas.

Ya te he dicho que estos bárbaros respetan á los cristianos, reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios, el dolce far niente, tener el mayor número posible de mujeres, tantas cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelista en cuanto esto presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la guerra.

Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de barbarie refinada.