Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería.

Contestó que nada.

Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.

Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.

Pasó la noche tristemente y con lentitud.

El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.

Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.

Era la hora funesta y fatal.

La orden, que yo presidiera la ejecución.