No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.
Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.
Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.
Yo me tapé los oídos con entrambas manos.
No quería oir la fatídica detonación.
Después me refirieron cómo murió Gómez.
Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del sacerdote.
Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza.
Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:
—¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella!