«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.»
Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido.
Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó desagradables, profundas ó superficiales.
Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.
La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades.
Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.
Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable.
¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.