Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan á la chueca.

XIV

Mariano Rosas y su gente.—¡Qué valiente animal es el caballo!—Un parlamento de noche.—Respeto por los ancianos.—Reflexiones.—La humanidad es buena.—Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social.—El arrepentimiento es infalible.—Lo dejo á mi compadre Baigorrita y me retiro.—Un recién llegado.—Chañilao.—Su retrato.

Mariano Rosas y su gente estaban acampados en una colina escarpada; trepábamos dificultosamente á la cima, los caballos se hundían hasta los ijares en la esponjosa arena; cada paso les costaba un triunfo, caían y se enderezaban; temblaban, se esforzaban ardorosos y volvían á caer; la espuela y el rebenque los empujaba, por decirlo así; endurecían los miembros, recogían las patas delanteras, y sacándolas al mismo tiempo, se arrastraban, y desencajaban poco á poco las traseras; sudaban, jadeaban, se paraban, resollaban y subían ¡á veces teníamos que apearnos, que tirarlos de la rienda y animarlos, accionando con los brazos, gritando ¡aaaah!

¡Qué potente y valiente animal es el caballo!

Llegamos á la cumbre de la colina.

Bajo dos coposos algarrobos, había sentado sus reales el Cacique general de las tribus ranquelinas.

Parlamentaba solemnemente con los capitanejos é indios circunvecinos y lejanos que sucesivamente llegaban al lugar de la cita.

Á todos los recibía con la misma consideración; á todos les hacía las mismas preguntas; á todos los conocía por sus nombres, sabía de dónde venían, cómo se llamaban sus abuelos, sus padres, sus mujeres, sus hijos; y á todos les explicaba el motivo de la junta, que al día siguiente se celebraría. Y todos contestaban lo mismo, y después de contestar se sentaban en hilera dándoles la derecha á los capitanejos más caracterizados y á los viejos. Entre éstos fué objeto de las mayores atenciones un tal Estanislao. Venía de muy lejos, de la raya de las tierras de Baigorrita con Calfucurá.