El hecho era cierto.

Lo que faltaba averiguar era: si Macías ponía lo que le mandaba ó no; si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no eran gramática parda, diplomacia ranquelina.

El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio de todo.

Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le eran leídas á Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la Cancillería de Tierra Adentro.

Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.

Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.

Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como uno de tantos al toldo del cacique.

Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una tumba de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.

¡Desgraciado Macías!

Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en unos calzoncillos de algodón ordinario y un chiripá de paño viejo colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de agujeros era todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas.