En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones, piedritas, agujas, azúcar, hierbas medicinales, tabaco, hierba, papel, y envuelto en un trapito un relicario de oro de cuatro fases, con los retratos de sus padres y de sus dos hijos.
¡Desgraciado Macías!
¡Ah! imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la buena sociedad, reducido á aquella condición!
¡Él mismo no lo comprendió!
Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.
Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
¡Desgraciado Macías!
Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
Todos sus vicios se los atribuían á él.