—Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.
Me insinuó un asiento á su lado.
Sentándome le contesté:
—Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?
—Mal—repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante nos asalta.
—¿Qué tiene?
—Me duele la cabeza.
—¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?
—Lo tomaré si usted lo conoce.
Salí y volví al punto con un frasquito de gotas maravillosas de la corona.