Era todo mi botiquín.

Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos dedos y eché en él sesenta gotas.

Para que las bebiera sin aprensión, le dije:

—Vea—proseguí, y esto diciendo tomé un trago.

—Si no tengo recelo, hermano—me contestó,—y tomándome el jarro bebió hasta la última gota que contenía.

—Un poco amargo no más—dijo.

—Sí—repuse.

—¿Y ha descansado bien?

—Muy bien.

—¡Qué diablo de indios, eh!