—Pero no es bueno, ya me ha querido matar,—repuso, mirando al hijo con una mezcla de complacencia y admiración.
El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba atención.
Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió quebrándose como lo hacen sólo nuestros gauchos.
Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió á repetir:
—¡Toro, hermano!
—¿Cuántos años tiene?
—Debe tener...—me hizo la seña de doce con las manos.
—Es muy chico todavía.
—Pero es gaucho ya.
Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo, carne asada, de vaca y de yegua.