—Libre, sí, ¿no es usted viuda?

—¡Ah! compadre—exclamó con amargura,—usted no sabe cómo es mi vida; usted no conoce esta tierra.

Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien había escuchado su indiscreta confesión.

Su voz tenía algo de significativo y de misterioso.

Me parecía que quería decirme algo más y que estaba temerosa de que algún espía nocturno la oyera.

Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté más cerca de ella, diciéndole:

—No hay nadie.

—Compadre—me dijo;—no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en Carrilobo, cerca del de Villarreal, allí lo espero; estará mi hermana, es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le interesa mucho saber; esta noche lo voy á acabar de averiguar, por eso he venido, nadie me ha visto todavía...

En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios achumados.

Se levantó de golpe y diciéndome:—No quiero que me vean aquí,—se deslizó por entre las sombras de la noche.