La seguí un instante con la vista, hasta que se perdió en la obscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el vocerío de la chusma ebria.
La luz de mi fogón los atrajo.
Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron á caballo.
Epumer los encabezaba; venían de un toldo vecino, donde habían estado de mamaran.
Traía en la mano una limeta de bebida y venía bastante caldeado. Sin apearse, me dijo:
—¡Yapaí, hermano!
—Yapaí, hermano—le contesté.
Bebimos alternativamente, y tras del primer yapaí, vinieron otros y otros.
Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traía cuerno, ni vaso, lo que me permitía mojar sólo los labios, pues teníamos que tomar con la botella.