Viendo que se ponían muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo solo, le dije á Calixto:
—Ché, mira que hace frío, alcánzame el poncho.
No tenía más que el que esa mañana me había regalado Mariano Rosas; quise ver qué impresión hacía verme con él.
Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.
Como lo había calculado, surtió un efecto completo mi ardid.
—¡Ese coronel Mansilla toro!—exclamaron algunos.
—¡Ese coronel Mansilla gaucho!—otros.
Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con sus bocas hediondas.
Epumer me dijo repetidas veces:
—¡Mansilla peñi! (hermano).