En esos coloquios estábamos cuando un ruido semejante al de un organito descompuesto se oyó, junto con unas coplas, dedicadas á mí.

Me dieron escalofríos, experimentando frío y calor á la vez y una destemplanza nerviosa como la que produce el roce de una lima en los dientes.

¿De dónde salía aquel maldito negro con su execrable acordeón, pues él en cuerpo y alma era el de la música?

¡Á qué averiguarlo!

No pude resistir, y explotando la respetabilidad de que me revestía el poncho de mi compadre y hermano, le dije á Epumer y á su séquito:

—Caballeros, buenas noches, es tarde, estoy cansado y mañana me voy; tengo ganas de dormir.

Y los dejé y me metí en mi rancho, y le mandé á Calixto que cerrara bien la puerta, atando con guascas el cuero que la cubría.

Las visitas me saludaron con varias exclamaciones, como ¡adiós, peñi! ¡adiós, amigo! ¡adiós, toro! gritaron un rato, apagaron el fogón saltando por encima con los caballos, alborotando los perros, hicieron un gran barullo, y cuando se cansaron se fueron.

Arrullado por su infernal gangolina me dormí.