Toda la noche tuve los sueños más estrafalarios. Así como casi todos los sentimientos de nuestra alma proceden de las sensaciones de la bestia, así también casi todas las visiones del espíritu dormido vienen de lo que hemos visto ó contemplado despiertos, con los ojos del cuerpo ó con los de la imaginación.

Yo soy como los patanes.

Nunca tengo presentimientos en sueños.

Yo no he de ver nunca, como Píndaro, que las abejas depositan su miel en mis labios;

Ni como Hesiodo, nueve mujeres hechiceras, que fueron las musas que lo inspiraron;

Ni como Escipión, Numancia destruida, ó Cartago derribada;

Ni como Alejandro delante de Tiro, que Hércules me presenta la mano desde lo alto de las murallas.

Para que yo viese, á la verdad, en sueños, sería menester que fuese más sobrio y virtuoso, ó es falso lo que dice Sócrates, que un cuerpo saciado de placer ó repleto de alimentos y de vino, le hace experimentar al alma sueños extravagantes; de donde se deduce que los emperadores, los reyes, los presidentes, los ministros y los diputados, todos, todos aquéllos, en fin, que deben saber lo que hacen, y que á más de esto deben procurar leer en lo futuro, desde que gobernar es prever, deben ser gente muy parca en el comer y muy moderada en el beber, amén de otras cosas indispensables para que la digestión se haga regularmente.

Yo no puedo tener sueños sino como los que tuve la última noche que pasé en Leubucó.

Ó he de ver disparates, que no se han de cumplir, ó he de ver disparatadas las cosas que se cumplieron.