—¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al Sur del Río 5.º, entre Langheló y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos despoblados?

Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen resultado del tratado de paz, era conveniente que á retaguardia de la línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y á vanguardia otras tantas en las que los indios renunciasen á establecerse y á hacer boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.

Me arguyó que la tierra era de ellos.

Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva; que el gobierno les compraba, no el derecho á ella, sino la posesión reconociendo que en alguna parte habían de vivir.

Me arguyó con el pasado, diciéndome que en otros tiempos los indios habían vivido entre el Río 4.º y el Río 5.º, y que todos esos campos eran de ellos.

Le expliqué que el hecho de vivir ó haber vivido en un lugar no constituía dominio sobre él.

Me arguyó que si yo fuera á establecerme entre los indios, el pedazo de tierra que ocupara sería mío.

Le contesté que si podía venderlo á quien me diera la gana.

No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y disimulando mal su contrariedad, me dijo: