—¿Mire, hermano, por qué no me habla la verdad?
—Le he dicho á usted la verdad—le contesté.
—Ahora va á ver, hermano.
Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un cajón de pino, con tapa corrediza.
Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.
Era su archivo.
Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.
Él conocía cada papel perfectamente.
Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.
Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces.