Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?

¡Qué! ¿no bastaba que hubiera hombres malos?

¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que las mujeres fueran demonios?

Yo habría hecho iguales á todas las mujeres.

¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?

Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.

Soliloqueando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido á un gruñido de perros, llamó mi atención.

Me detuve, estaba á dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído, oí hablar confusamente en araucano; miré en esa dirección y vi el espectáculo más repugnante.

Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un tufo rojizo era toda la luz que despedía.

Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba, con irritante desenfreno, los restos aguardentosos de una saturnal que había empezado al amanecer.