Hombres y mujeres, jóvenes y viejas, todos estaban mezclados y revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos los unos, desnudos los otros; sin pudor las hembras, sin vergüenza los machos; echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aun no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo, riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados, encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.

Sentí humillación y horror, viendo á la humanidad en aquel estado y entré en el toldo.

Mi gente estaba pronta.

Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.

Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de café.

Tuve, pues, que sentarme un rato.

No siéndole posible acompañarme á Villarreal hasta el toldo de Ramón ni darme quien lo hiciera, porque toda su chusma estaba achumada, lo que hacía que él no pudiese dejar sola su familia, llamé á Camilo Arias, y mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.

Villarreal, como indio ladino, dió todas las señas del campo que debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse á la derecha ó á la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse; los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del Cacique.

Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.

Nos abrazaron á todos con cariño, rogando á Dios en lengua castellana, que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque, pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.