Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales montados marcharan más ganosos.

Le previne á Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos á extraviar, por no oir los cencerros, ¡en marcha! grité y partieron todos.

Yo me detuve un instante á encender un cigarro.

Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó á mi lado.

Reconocí una mujer.

—Aquí vengo á traerle esto—me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel.

—¿Y qué es eso?—le pregunté.

—Es un recuerdo.

—¿Un recuerdo?

—Sí, una faja pampa, bordada por mí.