—Gracias, ¿por qué se ha incomodado?

Dió un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:

—¡Incomodado!

—¡Adiós!—le dije, recogiendo mi caballo.

—¡Adiós!—me contestó tristemente.

—¡Adiós! ¡adiós!—dijeron Villarreal y su mujer.

—¡Adiós! ¡adiós!—repuse yo, y partí al galope, murmurando:

—Saben querer desinteresadamente y olvidar también.

No son ni ángeles, ni demonios.

Pero participan de las dos naturalezas á la vez. Cuando son buenas, no hay nada comparable á ellas; cuando son malas, son execrables.