—Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve.

No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.

¡Eran sus hijos!

Ella prosiguió:

—Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.

—¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?

—¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.

No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito del fuelle.

Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa:

—¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?