—Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
—Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.
—¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.
Vinieron.
Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo.
Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oirla.
Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores.
Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.