La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera viacrucis.
La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.
Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á su lujuria.
De ahí su martirio.
—Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.
Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
—¡Vea qué vida, señor!
Yo estaba desesperado.
¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?
Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.