No me quedaba sino lo puesto.

Ni pañuelo de manos llevaba ya.

Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.

El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripáes colorados.

—¿Y quién es ese cristiano?—le pregunté.

—Crisóstomo—me contestó.

—¿Crisóstomo?...

—Sí, señor, Crisóstomo.

Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió de comer después y me relató su interesante historia.