Llamé á Juan de Dios San Martín, el chilenito, y lo mismo que si hubiera estado en la estancia del amigo más íntimo, le dije: Dile á mi compadre que me haga carnear una res para la gente.
Se fué, y al punto volvió diciéndome que ya la traían.
Con efecto, un rato después, dos indios traían una vaca enlazada.
La carnearon las chinas, entregándole la mayor parte á mi gente.
El fogón estaba pronto ya.
No queriendo pernoctar en el toldo de mi compadre, acampé al raso.
La tarde se acercaba.
Las chinas recogían el ganado manso, arreándolo á pie, seguidas de muchos perros tan grandes como flacos, que llamaban la atención.
Las cabras y las ovejas venían mezcladas.