Llegaron á la puerta de los corrales; los perros separaron las especies, y las chinas las majadas, encerrando cada una de ellas en su respectivo corralito.
La operación se hizo con la misma facilidad con que un niño separaría de una canastilla llena de cuentas negras y blancas las que quisiera.
Cuando alguna cabra ú oveja se quedaba en la majada que no le correspondía, los perros la volvían al redil.
Me avisaron que el asado estaba pronto. Acabé de mudarme, y ocupé mi puesto en la rueda del fogón.
Al sentarme, vi cruzar una cara patibularia.
Parecía un indio.
¿Quién era?
VII
Qué es la vida.—Reflexiones.—Los perros de los indios.—Recuerdos que deben tener de mi magnificencia.—Un intérprete.—Cambio de razones.—Sans façon.—Yapaí y yapaí.—Detalles.—En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios.—Fingimiento.—Otra vez la cara patibularia.—Averiguaciones.—Una navaja de barba mal empleada.