La vida se pasa sin sentir.

Como dice la sentencia árabe, no es más que el camino de la muerte.

Cuando menos lo esperamos, nos sorprende el invierno y recién como la cigarra imprevisora, nos apercibimos de que hemos pasado el verano cantando, sin pensar en nada.

Nuestros cabellos, con los que jugueteaba ebúrnea y afilada mano se han puesto canos. Nadie los toca ya.

Nuestros ojos han perdido su brillo magnético. Nadie los mira.

Nuestra tez tersa y sonrosada, se ha vuelto amarillento y seco pergamino. Nadie repara en ella.

En el corazón apenas arde una llama moribunda semejante al pálido resplandor de una lámpara sepulcral. Pero ¡ay! ¿Quién se inflama en el tibio calor suyo?

De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de sufrir, ó sufrir más.

Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, y hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil veces: En vain, hélas! en vain!

Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y á sus pompas vanas un adiós irónico, escribiendo en forma de epigrama póstumo un epitafio: