—Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más distinguido de su regimiento, y que...
—¡Padrino, por Dios!
El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:
—Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir, lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos los han dado admirables!
—Tendría curiosidad de saber...—dijo Juan.
—Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais obligado a ruborizaros.
Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:
—Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois un santo...
—¡Oh! eso sí que es bien cierto—exclamó Juan.
Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa, pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas gentes irían al infierno.