El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.

Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.

—¿Fumáis?—preguntó a Juan.

—Sí, señorita.

—Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero no, escuchad primero.

Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:

—Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.

—Sí, señor—continuó madama Scott,—y por esto hemos tenido tanto gusto en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana espera desde hace rato.

Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy vivo que puede traducirse por estas palabras:

—Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.