—Ahora sentémonos aquí—dijo madama Scott,—ante esta preciosa noche... tomad vuestro café... fumad.

—Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo, después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.

Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y las conservaría por algún tiempo.

Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su marcha regular.

Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:

—El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.

El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia; pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.

Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba aquellos pies y se preguntaba:

—¿Cuáles son los más pequeños?

Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo a media voz: