—¡Señor Juan, señor Juan!

—¿Señorita?

—Mirad al señor cura, se ha dormido.

—¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.

—¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?—preguntó madama Scott, en voz baja también.

—Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.

—Y ha hecho muy bien—dijo Bettina.—No hagamos ruido, no le despertemos.

—Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.

—¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.

—Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente para que no comprenda que lo habéis visto dormir.