Aquí miró a todas partes con gran misterio el que había traído la noticia, y las cinco señoras alargaron las cabezas y abrieron las orejas con curiosidad intensísima.
—Pues dice..., dice... que se propone recibir a... mujeres honradas...
Un ¡ya! general, preñado de extrañas e intencionadas inflexiones, se escapó de todos los labios, y la Albornoz, abriendo cándidamente los ojos, dijo con su suave vocecita:
—Pues a mí no me han convidado hasta el presente...
Las señoras soltaron el trapo a reír, y dijeron todas al mismo tiempo:
—Ni a mí...
—Ni a mí...
—Ni a mí...
Leopoldina Pastor no dijo nada; púsose muy encendida, y dando una brusca media vuelta, sentóse al piano y comenzó a tocar furiosamente la antigua canción del ¡Trágala!...