Los rubios hilos de oro se esparcían

por el cuello más blanco que la nieve,

y los rifeos montes se movían

al andar, donde amor todo se embebe;

de su cintura llamas le salían

donde su muerto fuego el amor cebe;

por las lisas columnas le trepaban

deseos, que cual hiedra se enredaban.

Con delgado cendal las partes cubre

de quien es la vergüenza su reparo;