»Estabas, bella Inés, puesta en sosiego,
de tus años cogiendo el dulce fruto,
en un engaño de alma alegre y ciego
que a la fortuna paga cruel tributo,
en el florido campo de Mondego,
de tus hermosos ojos nunca enjuto,
enseñándole al monte, al río, al prado,
el nombre que en tu pecho está estampado.
»De tu príncipe allí te respondían
las memorias que en él se aposentaban,