las espadas bañando y blancas flores
que ella con dulce lloro antes regaba,
se encarnizaban fieros y enojados,
del castigo futuro descuidados.
»Bien pudieras, oh Sol, la vista aviesa
de tal hecho llevar en aquel día
cual de Tiestes en la horrenda mesa
cuando sus hijos por Atreo comía;
vos, oh cóncavos valles donde impresa
quedó la voz de aquella boca fría,