las perlas que llorando caen a pares
de los húmedos ojos, con que luego
se encienden las deidades de agua en fuego.
La ira con que al punto fué alterado
el corazón de todos los vivientes
no sufre más consejo bien pensado
ni dilación mayor, ni inconvenientes.
Al grande Eolo envían un recado,
de parte de Neptuno y sus clientes,
que dé suelta a los vientos repugnantes,