Viendo Vasco de Gama que en el puerto
de su dulce deseo se perdía,
viendo hasta el infierno el mar abierto
y que con nueva furia el cielo veía,
confuso de temor, de vida incierto,
donde ningún remedio le valía,
aquel remedio llama santo y fuerte
que lo imposible puede, de esta suerte:
«¡Divina guarda, amparo y bien del triste,
que el cielo, mar y tierra señoreas!