No podrá el siervo mirar por la casa si ve que el dueño se descuida della. De manera que ha de madrugar la casada para que madrugue su familia. Porque ha de entender que su casa es un cuerpo, y que ella es el alma dél, y que como los miembros no se mueven si no son movidos del alma, así sus criadas, si no las menea ella y las levanta, y mueve á sus obras, no se sabrán menear. Y cuando las criadas madrugasen por sí, durmiendo su ama y no la teniendo por testigo y por guarda suya, es peor que madruguen, porque entonces la casa por aquel espacio de tiempo es como pueblo sin rey y sin ley, y como comunidad sin cabeza; y no se levantan á servir, sino á robar y destruir, y es el propio tiempo para cuando ellas guardan sus hechos.
Por donde, como en el castillo que está en frontera ó en el lugar que se teme de los enemigos nunca falta la vela, así en la casa bien gobernada, en tanto que están despiertos los enemigos, que son los criados, siempre ha de velar el señor. Es el que ha de ir al lecho el postrero, y el primero que ha de levantarse del lecho. Y la señora y la casada que esto no hiciere, haga el ánimo ancho á su gran desventura, persuadida y cierta que le han de entrar los enemigos el fuerte, y que un día sentirá el daño y otro verá el robo, y de continuo el enojo y el mal recaudo y servicio, y que al mal de la hacienda acompañará también el mal de la honra.
Y como dice Cristo en el Evangelio[51], que mientras el padre de la familia duerme, siembra el enemigo la zizaña; así ella con su descuido y sueño meterá la libertad y la deshonestidad por su casa, que abrirá las puertas y falseará las llaves y quebrantará los candados, y penetrará hasta los postreros secretos, corrompiendo á las criadas, y no parando hasta poner su infición en las hijas; con que la señora que no supo entonces, ni quiso por la mañana despedir de los ojos el sueño, ni dejar de dormir un poco, lastimada y herida en el corazón, pasará en amargos suspiros muchas noches velando. Mas es trabajoso el madrugar y dañoso para la salud. Cuando fuera así, siendo por otra parte tan provechoso y necesario para el buen gobierno de la casa, y tan debido al oficio de la que se llama señora della, se había de posponer aquel daño, porque más debe el hombre á su oficio que á su cuerpo, y mayor dolor y enfermedad es traer de continuo su familia desordenada y perdida, que padescer un poco, ó en el estómago de flaqueza, ó en la cabeza de pesadumbre; pero al revés, el madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar de la cama en amanesciendo á las casadas.
Y guarda en esto Dios, como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno, en que aquello á que nos obliga es lo mismo que más conviene á nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro provecho.
Así que, no sólo la casa, sino también la salud, pide á la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la que conserva y da salud á los hombres. Pues ¿quién no ve que á aquella hora despierta el mundo todo junto, y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos, y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y huye el daño, y sigue y apetece el provecho, ó que, para decir la verdad, es ella eso mismo que á cada una de las cosas conviene y es provechoso) no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que nos adormecen, ni sacara por el Oriente los claros rayos del sol, ó si los sacara, no les diera tantas fuerzas para nos despertar? Porque si nos despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere sin duda que nos despierte. Y pues ella nos despierta, á nuestra salud conviene que despertemos. Y no contradice á esto el uso de las personas que ahora el mundo llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del día. Antes esta verdad, que se toca con las manos, condena aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados ó por sus pecados de ellos mismos, hacen honra y estado, y ponen parte de su grandeza en no guardar, ni aun en esto, el concierto que Dios les pone. Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho, daráme vuestra merced licencia para que lo ponga aquí, porque es palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la letra, y que por decir establo decían estado.
Fases de la vida de la mujer
Revelación
Y ello á la verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del sueño encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen la salud, mas también aficionan é inficionan el corazón feamente.
Y es cosa digna de admiración que siendo estos señores en todo lo demás grandes seguidores, ó por mejor decir, grandes esclavos de su deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir lo más deleitoso de la vida, que es la mañana. Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas[52] la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores y las hierbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, á la venida del sol se alegran, y como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos, aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se deleita con el nascer de la luz y con la figura del aire y con el variar de las nubes; á los oídos las aves hacen agradable armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las hierbas despiden de sí es olor suavísimo; pues el fresco del aire de entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le despierta á pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día.
Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas, que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced, que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta á las cosas de su casa, entienda en su oficio, que es lo otro que pide en esta letra el Espíritu Santo á la buena casada, como fin á quien se ordenó lo primero que habemos dicho del madrugar.