Allí pasaste la niñez, sin pena
y sin placer. Y abrióse, en el devoto
ambiente, tu alma buena,
tal como una clorótica azucena
se abre en un tiesto roto.
Dócil al bien y a la maldad ajena
se deslizó tu vida provinciana,
juntando a la doméstica faena
la misa parroquial de la mañana
y el familiar rosario de la cena.
Corrió el tiempo... Y un día,
por tu calle pasó, como en un sueño
que te impregnase el alma de alegría,
el galán lugareño.
—El barco va con levedad de pluma
envuelto en finas claridades blondas,
y realza en la seda de las ondas
arabescos de espuma.—
Y en la vidriera que la luz irisa,
a la hora del silencio vespertino
alzabas los visillos, y, de prisa,
echabas a su paso una sonrisa
como si le enflorases el camino.
La embriaguez de un jardín en primavera
aspiraste en el púdico deseo,
y tembló tu alma entera
con la inquietud de la primer quimera,
como un nido que siente un aleteo.
¿Fué traición? ¿Abandono? ¿Desencanto?
Tú escondes el secreto; mas la vida
mordió una vez tu seno, y su mordida
la cándida ilusión deshizo en llanto.
Y qué cruel y persuasivo acento
—voz de Hamlet, irónico y violento—
decirte pudo la falaz lisonja:
—«Eres buena, y el mundo es un tormento
para las almas buenas. ¡Ve a un convento!
¡Anda! ¡Métete monja!»
Y nada más... Así pasó. Tranquilos,
mas no estériles son tus sinsabores.
Tu vida pasa entre cuidar asilos,
velar enfermos, consolar dolores.
Disculpa que profane tus tristezas:
soy un viajero que, atrevido, arranca
una corola blanca
y que perfuma así las impurezas.
Tu vida es como un velo
de candor primitivo,
simple como esta página que escribo
mientras tú ves el cielo.
¡Ah, pobre hermana, pobre
mujer, buena y sencilla,
que va rezando sobre
el abismo sin fondo y sin orilla!...