¿Dónde estoy? En Madrid. Vivo entre extraños,
entre ansias nuevas y papeles viejos.
¿Cómo vine? No sé. Ya estoy muy lejos
de mi país y de mis veinte años.
Salió anoche del fondo de la nada
este cuadro de amor. Miré la cosa
más fútil y, no obstante, más soñada.
¡Leve impresión, efímera y alada,
como una mariposa!
Borróse la visión del paraíso.
La realidad me vuelve a las sencillas
vulgaridades de mi cuarto piso.
Para ganarme el pan, se hace preciso
emborronar, a diario, unas cuartillas.
¡Me siento tan distante, tan distante
de aquel nocturno y repetido instante
—de él me alejan la vida y el Atlántico—
que sobre una mesa de estudiante
versifiqué mi amor ultra-romántico!

¡Basta, memoria! El hambre me vigila;
terco es el mal, y la existencia, dura.
¡Ya está, cuerpo rebelde, alma intranquila;
es necesario hacer literatura!

La ventana clarea en gris borroso.
El día está lluvioso.
Mi alcoba está en penumbras, y me invita
a quedarme en el lecho.
¡Qué triste soledad, y qué infinita!
¡Qué suspiro tan hondo el de mi pecho!
¡Rigideces de muerte hay en mi cuita!
¡Son del sepulcro, el frío y mi reposo!

Y mi vasta patrona entra y me grita:
«¡Don Luis, las diez! ¡Jesús, qué perezoso!»

Madrid, Calle del Pez, 1916.

A UN RINCÓN MADRILEÑO