PLAZA de Santa Ana, vieja plaza mía,
de árboles añosos y ágil alegría,
donde, tarde a tarde de verano, el sol,
frente a mis curiosas miradas ponía
los brillos fugaces de su pedrería
sobre la fachada del Teatro Español.

¡Plaza de Santa Ana que me diste abrigo,
que me recibiste como a buen amigo,
y, paciente abuela, con sabia bondad
me contaste cuentos de Lope y Cervantes,
de Felipe Cuarto, de los comediantes,
de amor y de ingenio, de gloria y piedad!

Bien supiste cómo no era yo un extraño,
y entonces sacaste tus galas de antaño:
un tapiz pendiendo de cada balcón;
y en un esplendente desfile de trajes
espadas, brocados, joyeles, encajes,
las calzas de seda y el negro jubón.

Cruza el mercedario Téllez. ¡Qué galana
llega la figura de Villamediana!
Por aquí una dueña, por allí un truhán.
Viene, en alboroto, la mosquetería...
¡Plaza de Santa Ana, vieja plaza mía,
por tu claro ambiente cuántas sombras van!

Poetas famélicos, mujeres gentiles,
enhiestas las varas de los alguaciles;
lámparas que humean del retablo al pie.
Lances picarescos de amor y fortuna,
la mitad en sombra, la mitad en luna,
y un heroico anhelo de codicia y fe.

Junto al terciopelo, la estameña parda;
junto al ciego músico, los ojos de Anarda;
la bella Amarilis con Ruiz de Alarcón.
Del corral se escapan ritmos de Chacona,
jácaras risueñas y versos que entona
con énfasis lleno de gracia el histrión.

¡Tiempos de malicia, de plegaria y canto,
de lujo y miseria, de risa y de llanto,
de monjes y cómicos, de bien y de mal!
¡Siglo diez y siete, que yo amo y admiro;
comedias del Príncipe, fiestas del Retiro,
calles solitarias, de muro claustral!

Hoy todo ha cambiado menos tú. Lozana,
tu vieja alegría, plaza de Santa Ana,
tiene, como entonces, luz, vida y color:
galán que provoca, niño que vocea,
dama que se encubre y cura que haldea
detrás de las mozas que venden amor.

Entre dos portales, como en hornacina,
el mendigo ciego toca la ocarina,
la sucia gitana dice el porvenir.
Lleva el viento voces, y la luz, diamantes;
y—orquesta del coro de los estudiantes—en
techos y frondas charlan, como antes,
los gorriones, esos hijos de Madrid.

¡Plaza de Santa Ana, donde yo vivía
dos horas de fuego, de luz y alegría,
las tardes del limpio verano español.
Para que diviertas mi melancolía,
mientras que yo vuelvo, guarda, plaza mía,
tu júbilo arcaico, tu ensueño y tu sol!